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sábado, 9 de julio de 2016

La guerra que nos pisaba los talones.- 1er premio narrativa 2016 IESDI

Miedo, pobreza, muerte, la nada. Llantos, derrumbamientos, estallidos, bombas, pérdidas, la guerra. Más allá de las fronteras colindantes, angustia, sobrepoblación, egoísmo, el refugio. Vallas que recogen la libertad relativa del que ha huido victorioso de una lucha de religiones y política; que recogen la vulnerabilidad y la inocencia de Siria. Mujeres, hombres, niños, ancianos. Padres, madres, hijos, familias. Unidos, separados, solitarios o huérfanos. Un espacio pequeño para albergar la cantidad de almas que pretenden alcanzar la vida, aún habiéndose visto frente a la muerte de una forma caótica. Conocedores de la miseria permanecen recluidos entre ella, sin dejar por ello de sentirse satisfechos de su logro. Las esperanzas están a  punto de extinguirse, las fronteras cerrarán sus puertas, todos los sueños quedarán hechos polvo para aquellos que no han llegado a la cárcel encubierta húngara después de tanto luchar. Hungría, entre otros territorios, no es la meta, pero sí el límite de seguridad después de convivir cuatro años en una guerra que ahora ha alcanzado la cúspide.
Sin embargo, en un lugar tan nefasto, entre rejas y mugre, entre arena y trapos sucios, sin apenas comida ni ropajes para protegerse; Zenda persigue a Rashid para pillarle y que no le toque ligar. Casi todos los pelos rizados y castaños se le han salido de la goma con la que los voluntarios le hicieron una coleta, y su respiración es muy rápida debido al cansancio; pero ella no para de reír a carcajadas cada vez que Rashid mira hacia atrás para burlarse de ella enseñándole la lengua entre sus labios marrones. Zenda se para en seco y, dando una palmada en el aire mientras salta para sentarse al caer sobre la arena, chilla en árabe  resignada pero alegre - Me rindo.- A lo que Rashid responde victorioso con los brazos en alto, diciendo -¡Sí! He ganado una vez más.- sentándose al lado de la niña. Dos niños morenos de piel, con el color del barro; los ojos oscuros casi negros y el pelo marrón oscuro y rizado. Dos niños sirios que juegan porque ni el campo de refugiados, ni el hambre, ni la guerra consigue arrebatarles la infancia. Cansados de correr Rashid le propone a Zenda contar historias, pero esas historias terminan por ser relatos de realidad; dos niños que a pesar de su niñez ya han conocido lo peor de la vida. Por eso, Rashid le dice a Zenda:
-¿Sabes Zenda?, estoy triste pero no quiero contárselo a mi papá y mi mamá porque sé que ellos también lo están. Todas las noches cuando me recojo para dormir entre las mantas de mi tienda escucho los suspiros de todos los que me rodean, pero no solo eso, también se oyen lloros y gente que sueña pesadillas. Todo eso me hace recordar cada noche cómo fue llegar hasta aquí…
``Los primeros días tuvimos que andar mucho para salir de Siria, me dolían los pies y tengo heridas que todavía no se han curado; pero prefería andar que montar en las camionetas, me daba mucho miedo porque iban llenas de gente y muchas veces me aplastaban o me empujaban; se peleaban por subir. Una vez empezaron todos a gritar como celebrando algo y mi papá me dijo que estábamos en Turquía, que habíamos pasado la frontera por fin. Yo me alegré aunque no sabía lo que eso significaba. Allí nos fuimos a uno de los campos de refugiados y estuvimos unos meses, hasta que mi padre consiguió dinero para seguir. Yo le preguntaba cómo lo conseguía pero siempre huía de esa pregunta; una vez le oí hablar con otro de los hombres que nos acompañaba y del que mi padre se había hecho amigo; le dijo que si no fuera por mí ya se hubiera dado por vencido, que estaba derrotado de trabajar quince horas todos los días a cambio de tres euros la hora. Para salir cogimos un bote en el que casi no cabíamos, el encargado le dijo a otro chico que había ciento cincuenta y dos personas, no me sé los números pero te aseguro que es mucho porque no cabía nadie más. Las olas eran muy fuertes y cuando recuerdo cómo soplaba el viento tiemblo de pánico igual que ese día. Cuando nos dijeron que tiráramos el equipaje mi padre se asustó mucho y me abrazó llorando mientras le rezaba a Alá. Pasaron unos segundos y una ola nos arrasó, el bote se hundía y mi padre me chillaba que me pusiera el chaleco y no me soltará de él, que si le perdía la mano buscara otra parte de su cuerpo pero que no me rindiera. Mi papá nadó mucho tirando de mi hasta que unos señores nos recogieron del mar para llevarnos a Grecia. Al día siguiente en un barco enorme fuimos a Atenas y de Atenas a Serbia pero de allí nos trajeron aquí a Hungría y te aseguro que no es el mejor sitio donde podemos estar aunque mi papá dice que debemos ser agradecidos por haber escapado sanos y salvos de la catástrofe.´´
-Rashid, ¿qué significa catástrofe?- Pregunta Zenda, que está escuchando  atenta con cara de lástima y temor.
-No lo sé, fue lo que me dijo; pero creo que con ``catástrofe´´ los mayores se refieren a todo esto.-Responde haciendo un gesto de duda levantando sus hombros y dejándolos caer de nuevo.
-¿A huir?
-No… eso es sólo un trocito de catástrofe.
-¿Entonces?
-No se qué significa esa palabra tan fea pero si que recuerdo que…
``Íbamos en  una camioneta, uno de los días cuando no habíamos llegado aún  a Turquía. Le pregunté a mi papa  por qué vivíamos en un sitio tan feo y entonces me dijo: ``Nuestro pueblo no es feo, es un gran pueblo; Siria es un gran país. ¿Sabes?, Mamá y yo nos conocimos en un lugar bellísimo antes de que los malos llegaran. Cuando yo la conocí y éramos dos muchachos todo era diferente.´´ Entonces le pregunté cómo conoció a mi mamá y cómo era todo. Mi papá empezó a decirme: “Fue un día de verano,  ella no llevaba burka solo el velo, imagina a una chica joven con unos grandes ojos de un marrón intenso y un pelo largo y bonito; así me dejó enamorado. La primera vez que la vi fue en un mercado enorme que había en la ciudad de Alepo; pasaba todas las tardes ahí ya que vivía en una aldea cercana. Se vendían alfombras árabes, frutas, verduras, joyas, túnicas artesanas, vasijas… todo en lo que puedas pensar. En una gran plaza que se llamaba Bab al-Faraj estaba un hombre en uno de los puestecitos grabando en un jarrón de metal y de repente llamó a tu madre por su nombre y le preguntó si había perdido a su sultán, entonces me señaló y yo me puse rojo, tanto que traspasaba el color tostado de nuestra piel. Mamá sonrió con sus carnosos labios rosados pero le respondió al anciano que era imposible, ella era de la ciudad de Damasco. Tu abuelo era un hombre de negocios y tuvo que ir con él a Alepo porque tenía unos asuntos. Pero cuando volvía a mi aldea y dejaba atrás los puestos una voz dulce me llamó a mi espalda y era ella. Me dijo que si quería enseñarle la ciudad y no lo dudé ni un segundo. Esa tarde la llevé a mi lugar favorito, el castillo, la ciudadela de Alepo. Después de aquella tarde en poco tiempo me fui con ella perdidamente enamorado a Damasco. Esa ciudad si que era preciosa, lamento que no puedas verla y disfrutarla tanto como tu madre y yo pudimos. Al igual que en Alepo estaba el zoco con todos los puestos formados con mantas y sábanas el cual terminaba en la llamada puerta del templo romano, se levantaban los arcos romanos altísimos y siempre había cantidad de gente pasando por ellos. Solíamos ir al patio de la Omeya en el que siempre se respiraba la paz, esa que ya no existe. Las fachadas que iluminaban el recinto, el suelo, el decorado exterior, todo lleno de brillos, de cenefas, de arcos árabes, de amarillo, dorado, verdes, rojos oscuros… que elegancia tenía aquel sitio. Yo la cogía de la mano y me la llevaba al rincón más discreto donde los dos solo pudiéramos admirar todo el arte de nuestros antepasados. Salíamos de casa más tarde de las siete, no había bombas, ni gritos, ni miedo. Íbamos a cenar fuera y después me dejaba guiar por ella que siempre tenía algunos amigos nuevos que presentarme; pasábamos las noches tomando té en unos jardines preciosos, bailábamos todos juntos y contábamos cuentos cantando…´´
- Se puso en la camioneta a moverse como si no se acordara de donde estábamos Zenda, me contó todo aquello mientras yo le observaba y mi imaginación viajaba. Yo tenía cuentos de pequeñito pero ninguno se parecía a lo que mi papá me contaba;  es lo más bonito que he escuchado nunca, pero creo que nada de lo que me dijo es real porque yo solo me acuerdo de los muros en el suelo, los estallidos por la noche, los gritos...
-Que suerte que tu papá te contara esas cosas, yo no se dónde está el mío. Cuando llega algún tren o nuevas personas andando me asomo desde donde puedo y aunque esté lejos me esfuerzo por mirar todas las caras, se que algún día mi papá será uno de ellos y podré volver a abrazarle.- Zenda apoya su oscuro moflete en el puño derecho y el mismo codo en la rodilla derecha, haciendo una mueca de tristeza.
-¿Rashid dónde estás?-La voz de una mujer árabe interrumpe la conversación de los niños y, tras disculparse y quedar mas tarde para jugar, Rashid corre a la tienda donde se encuentra su madre.

Los sueños infantiles, la ingenuidad, ver juegos en actividades humillantes y dolorosas, en el filo de la muerte por el hambre, o el cansancio, o la pena, o el sometimiento; son tan solo reflejos de esperanza entre esclavitud en una guerra que ya ha traspasado las fronteras sirias ya que, tanto críos como adultos que huyen, luchan por sobrevivir a consecuencia del núcleo situado en el país sirio. Miles, millones  de vidas fraccionadas, rotas, destruidas, sepultadas bajo los escombros de una explosión, devastadas a balazos… Y aún así huir es la mayor de las valentías en un mundo dividido en el que la empatía no existe pero se presume de civilización, derechos y fraternidad.